ASTRONOMíA, CIENCIA, TECNOLOGíA

La pasta especial de la que está hecho un astronauta

La pasta especial de la que está hecho un astronauta

Por Noelia Núñez | 29-04-2018

Frank De Winne

Frank De Winne

Director del Centro Europeo de Astronautas de la ESA

Antes de que ElRubius tomara el mando de las operaciones. Antes de que Vegetta777 o Yuya acumularan millones de suscriptores. Antes de que el entretenimiento del planeta estuviera enganchado a un repositorio de vídeos que ya ha entrado en la historia, las niñas y los niños no querían ser youtubers. Querían ser astronautas como habían querido ser exploradores o pilotos. Piratas o arqueólogos. Porque la pasión por descubrir lugares desconocidos y vivir aventuras es inherente a la niñez, un territorio donde todo es posible, incluso visitar otros planetas. Frank de Winne fue uno de esos jóvenes apasionados por el espacio que soñó un día convertirse en astronauta, pero al contrario de lo que sucede con la mayoría, él lo consiguió: en octubre de 2002 pisó por primera vez la Estación Espacial Internacional, y siete años después se convirtió en el primer astronauta europeo en comandar una misión de la ISS.

“Recibimos alredededor de 10.000 solicitudes para convertirse en astronautas, pero solo seis personas fueron seleccionadas en 2009. Todos han viajado ya al espacio y dos de ellos se están preparando para su segundo vuelo”, cuenta De Winne, en la actualidad máximo responsable del Centro Europeo de Astronautas en Colonia, Alemania, dependiente de la ESA. Parece, según describre el astronauta belga, que pasar un tiempo en la ISS es bastante más complicado que subir vídeos a YouTube. Para empezar, es necesario tener formación en alguna rama científica o en una ingeniería, acumular conocimientos técnicos (ya sea en un laboratorio o como piloto, por ejemplo), saber hablar inglés y ruso (los dos idiomas que se manejan en la estación), estar en buena forma física, puesto que los viajes al espacio no son ninguna broma y, por último, pero no menos importante: un carácter conciliador preparado además para el trabajo en equipo (no en vano, hay que convivir con unos extraños durante varios meses en un espacio muy reducido flotando a miles de kilómetros de nuestro planeta).

Desde que alguien es aceptado en el programa de formación de astronautas hasta que se le asigna una misión y finalmente está preparado para volar al espacio pasan de media siete años. Durante ese tiempo los seleccionados entrenan en los distintos simuladores a escala real de los módulos espaciales que la ESA tiene en su Centro de Astronautas y se acostumbran a enfrentarse a la ausencia de gravedad, además de familiarizarse con los distintos experimentos científicos que luego llevarán a cabo. Toda preparación es poca, porque después, en el espacio, no hay márgenes para el error. Pero si la formación puede parecer dura, la recompensa justifica cualquier esfuerzo porque, como cuenta De Winne, no hay nada que pueda compararse al sentimiento de hermandad que se despierta al ver nuestro planeta desde allá arriba: “desde el espacio no hay fronteras. Son líneas imaginarias que hemos dibujado en los mapas, pero en la realidad por supuesto que no existen. Todos vivimos en este planeta. En esta nave espacial llamada Tierra que flota en la periferia de la Vía Láctea”.

Edición: Noelia Núñez | David Giraldo
Texto: José L. Álvarez Cedena