DEPORTE, TECNOLOGíA

La tecnología que permite surfear las mayores olas del planeta

La tecnología que permite surfear las mayores olas del planeta

Por Pedro García Campos | 16-07-2019

Axi Muniain

Axi Muniain

Surfeador de olas grandes

Cuando los europeos pisaron por primera vez a las islas Hawaii en la expedición comandada por James Cook en 1778, se encontraron con que los habitantes del lugar practicaban una extraña y peligrosa diversión. Así lo reflejó James King, quien asumió el mando de la expedición cuando murió el famoso capitán, al escribir en su diario de abordo la primera descripción de este deporte: “Uno de sus entretenimientos más comunes lo realizan en el agua, cuando el mar está crecido, y las olas rompen en la costa. Los hombres, entre 20 y 30, se dirigen mar adentro sorteando las olas; se colocan tumbados sobre una plancha ovalada aproximadamente de su misma altura y ancho, mantienen sus piernas unidas en lo alto y usan sus brazos para guiar la plancha. Esperan un tiempo hasta que llegan las olas más grandes, entonces todos a la vez reman con sus brazos para permanecer en lo alto de la ola, y esta los impulsa con una velocidad impresionante; el arte consiste en guiar la plancha de manera que se mantengan en la dirección apropiada en lo alto de la ola conforme esta cambia de dirección.

(…) A primera vista parece una diversión muy peligrosa, pensaba que algunos de ellos tendrían que golpearse contra las afiladas rocas, pero justo antes de llegar a la costa, si se encuentran muy cerca, saltan de la tabla y bucean por debajo de la ola hasta que esta ha roto (…) El motivo de esta diversión es solo entretenimiento y no tiene que ver con pruebas de destreza, con buenas olas entiendo que debe ser muy agradable”.
En realidad King se quedaba muy corto en su descripción, puesto que el surf demostraría con los años que era mucho más que agradable. La pasión por cabalgar las olas es tan adictiva que a su alrededor se ha generado toda una cultura con su propio lenguaje, sus mitos, sus canciones (“si todos en Estados Unidos tuvieran un océano, todos surfearían como en California” cantaban los Beach Boys en su tema más conocido), su forma de vestir, sus películas y -por supuesto- sus héroes.

El vasco Axi Muniain es, sin duda, uno de ellos, precisamente porque nunca ha dejado de lado esa peligrosidad a la que hacía referencia hace más de dos siglos James King. Muniain ha estado varias veces cerca de la muerte porque la suya es una pasión peligrosa: se dedica a surfear las olas más grandes y difíciles del planeta. Y dentro de este ranking tal vez la más monstruosa de todas sea la de Nazaré, famosa en todo el mundo y solo al alcance de los surfistas más expertos. Porque si te atreves a coger la tabla en la costa de este pueblo portugués, te juegas la vida: “Nazaré podría ser el Coliseo romano de todo gladiador, dice Munian. Esto se ha hecho especialmente famoso por la dedicación, el corazón y la entrega que le pone cada surfista a la hora de intentar dar caza a una ola de las magnitudes que aquí existen”.

El secreto para que se produzcan estas olas gigantes se encuentra en el fondo marino de la zona, ya que en Nazaré hay un cañón subacuático de 230 kilómetros de longitud y hasta cinco de profundidad que, unido a los fuertes vientos del Atlántico, hacen que el mar se levante como un muro gigantesco. Afortunadamente, en la actualidad los surfistas no se enfrentan, como hacían los lejanos habitantes de Hawaii, a pecho descubierto al océano. Cuentan con el asesoramiento de oceanógrafos como Joao Vitorino (del Instituto Hidrográfico de Portugal) quien con sus predicciones anticipa cuándo es el mejor momento para lanzarse al agua. Y también con nuevos equipos que incorporan avances tecnológicos como el chaleco de impacto, que no sólo otorga más flotabilidad, sino que también protege de los golpes: “muchos de nosotros no somos conscientes de cuántas veces nos ha podido salvar la vida ese chaleco”, asegura Muniain quien asegura, además, que gracias a este tipo de tecnología ahora pueden enfrentarse a olas que hasta hace muy poco eran inalcanzables incluso para los mejores.

Edición:  Pedro García Campos | Cristina del Moral
Texto: José L. Álvarez Cedena